Adela es joven, no cabe duda, pero no es lo que quiere ser. Los olmos de
Carnwell tienen doscientos años, Adela apenas dieciocho, a veces las leyendas
protegen a las mujeres más jóvenes, a veces las destruyen; Adela está más que
dispuesta a arriesgarse.
Es el día, hoy se va a Hawai para poder dedicarse al máximo al surf. Está a
punto de coger un avión para ir a la isla, a una escuela donde van las mejores
surfistas del mundo. Pero hay una pequeña preocupación que le inquieta, desde
la inauguración de esa escuela: sólo una chica ha tenido éxito en el surf. Ella
no se cree esas leyendas y va allí pensando que quiere ser la segunda chica que
salga de allí con éxito.
Hace dos días que ha llegado a la isla y mañana tiene su primer
entrenamiento. Está muy inquieta. Se va a dormir, pero no lo consigue y se pasa
toda la noche dando vueltas. Apenas consigue dormir cuatro horas. Llega la hora
de despertarse y suena la alarma, justo cuando ella había conseguido dormir. Se
levanta muy nerviosa. Para empezar, se viste y lo deja todo preparado para el
entrenamiento y se va a almorzar para coger energías. Terminado el almuerzo,
coge sus cosas y se va a la playa donde han quedado todas las chicas.
Llega allí y el entrenador se presenta y les da a conocer sus normas, sus métodos
y todo lo que les va a pedir para los entrenamientos.
Ha pasado la mañana y es la hora de comer Adela ya ha conocido a muchas
chicas que le han caído muy bien, cree que está aguantando con facilidad.
Cuando terminan de comer les dejan una hora de descanso antes del entrenamiento
de la tarde.
Ya es la hora de la cena y tiene una llamada de su familia, habla con ellos
y les cuenta que le ha gustado mucho y que está convencida de que podrá
lograrlo, se despiden y va a cenar muy orgullosa.